Hay deportistas que nacen con estrella y una de ellas es la raquetbolista Paola Longoria (San Luis Potosí, 1989). Entre sus éxitos figuran 100 títulos profesionales; es la número uno y tricampeona del mundo, por ejemplo. Pero detrás de tan brillante palmarés hay otros triunfos que disfruta, como tener una carrera universitaria y la obsesión de convertirse en diseñadora de modas.

Recuerda que en algún momento consideró estudiar pediatría; sin embargo, esa carrera no se ajustó a sus tiempos como deportista, por lo que se inclinó por dedicarse a la Ingeniería Mecánica. Pero no solo eso, también tiene una maestría en Ciencias Políticas, pues es consciente de que en algún momento tendrá que decirle adiós al deporte.

Por lo pronto disfruta de los reflectores y explota su imagen, ya que cuando un deportista se convierte en marca hay que aprovechar.

Cuando no está entrenando o compitiendo, dedica su tiempo a su familia y amigos; en sus días de ocio viaja para seguir conociendo nuevos horizontes. ¿Qué haces cuando no prácticas raquetbol? En realidad siempre compito y entreno.

Me gusta pasar tiempo con mi familia y mis amigas, me encanta viajar cuando no hay torneos de por medio. Voy a eventos a dar conferencias, tour de medios, algunas sesiones de fotos y de revistas, creo que ese es el balance que uno debe tener.

Me sacrifico como deportista, me pierdo fiestas, momentos con mi familia, eventos importantes, pero hoy en día he logrado un balance y he encontrado quizá la fórmula del éxito, obviamente la sigo al ciento por ciento, pero con un poco más de tiempo para mí, pues también me da ese balance de seguir conmigo misma.

¿Te gusta explotar tu imagen? Me encanta, creo que una parte del deporte también es emprender a partir de él, y hace tiempo lancé mi línea deportiva; me encanta que tengo mi línea de raquetas y el siguiente año vendrá otro modelo. Tengo varios proyectos que me gusta compartir.

En el momento en que una deportista se convierte en marca lo debes aprovechar, son las virtudes y bondades que da el deporte, y tengo una carrera donde no me gusta andar en chismes, y eso ayuda. Además el deporte no está peleado con el glamur; de hecho, creo que también va de la mano.

Al margen de tu éxito como deportista, también tienes un título universitario… Soy de esta nueva era donde el deporte no se pelea con la escuela, siempre tuve el apoyo de mi familia, que siempre me decía: “nunca dejes de estudiar y te vamos a apoyar en tu sueño de ser la mejor del mundo”. Así que tengo mi carrera de ingeniero mecánico administrador y tengo maestría en Ciencias Políticas.

Combinar el deporte con el estudio no fue una tarea sencilla, pero es lo que me ha forjado a tener esa disciplina, organización y responsabilidad. Tengo una carrera deportiva de casi 20 años y, después de retirarme, veré qué voy a hacer con mi vida, por ejemplo, si seguiré con el deporte del lado político. De todos tus viajes, ¿cuál te ha gustado más? Me encanta Tokio. Por alguna razón me tocará regresar el próximo año a esa ciudad donde hay una tecnología de primera y a la que me tocó ir en 2010 para dar un juego de exhibición, pero también es muy especial porque en la conexión del vuelo me enteré de que había ganado el Premio Nacional de Deportes, es algo que disfruté muchísimo.

También Europa tiene muchos lugares bonitos, pero nada como las playas de México. De no ser raquetbolista, ¿qué te hubiera gusta ser? Pediatra o diseñadora de modas, son dos cosas que me encantarían, pero estudiar medicina era complicado de combinar con el raquetbol.

Quizá el lado de diseñadora de modas no está muy lejos y el día de mañana pueda tener una línea de ropa no deportiva, ya que tengo contrato con una marca. Sin embargo, puede ser ropa de vestir o, en todo caso, compartir mi estilo con más jovencitas o niñas que tengan la visión de que el deporte te puede hacerte sentir bien contigo misma.

¿Por qué elegiste el raquetbol? No me gusta que me dé el sol en la cara y llegué a este deporte por la hiperactividad que tenía. Antes fui a clases de natación, gimnasia, futbol, basquetbol, también llegué a ser porrista.

A los ocho años entré por primera vez a una cancha de raquetbol, no sabía cómo se jugaba, me daba miedo e incluso dejaba abierta la puerta para salirme cuando le pegara a la pelota, pero después de ser un hobbie, se ha convertido en mi verdadera pasión.

 

Fuente: https://www.milenio.com/